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El viejo reloj de bolsillo

01-09-2019 (1404 visitas) | José Luis Mora Castaño

“Conservaré a mis maestros el respeto y el reconocimiento del que son acreedores” (Juramento Hipocrático. Versión Ginebra)

 

La fría noche y la escarcha adherida a los ventanales de la sala de observación, derramaban un frescor húmedo por las añosas juntas mal selladas, debido al paso del tiempo. No en vano, ya eran más de treinta, los años que esas paredes habían estado escribiendo historias, llenas de protagonistas anónimos, que desprovistos de sus vestiduras, entregaban su desnudez en las manos de un grupo de buenas personas, haciéndolas depositarias del mayor tesoro que podemos disponer, la vida.

 

Un halo de incertidumbre merodeaba por la calva cabeza del Dr. Izquierdo, mientras recorría la sala de un extremo a otro, con paso entrecortado como si no quisiera terminar su trayecto. Una pisada y un suspiro… Otra pisada, otro suspiro… A su cargo cuatro vetustos pacientes ocupando los boxes que precisaban monitorización, rodeados de bombas de perfusión y un arrítmico sonar de latidos del corazón. Juan Gallardo e Isabel Moreno ya se habían estabilizado y sólo estaban pendientes de que llegara la ambulancia que les retornara a la residencia de ancianos, donde estaban institucionalizados y a quienes no había venido a ver ningún familiar en toda la tarde, mientras ellos justificaban su ausencia con una forzada sonrisa en sus bocas, que dejaba entrever más desazón que alegría, atribuyéndolo a “lo ajetreado del día a día, que no da tiempo para nada”. En la segunda cama estaba José, un antiguo celador del hospital, que se conocía cada esquina del mismo por su trabajo y también por su enfermedad, un bronquítico crónico que reingresaba, al menos, una vez al mes. Un auténtico héroe en su encarnizada lucha contra su asfixia y un auténtico suicida por no querer abandonar el tabaco, ruda personalidad que no atiende a razones y busca la misma en la sinrazón con argumentos banales.

 

Un par de pasos más, un par de suspiros más y llegó a María, la mujer de Julián, el panadero del pueblo, con quien el padre del Dr. Izquierdo aprendió el oficio que permitiera, a la postre, que su hijo estudiara medicina en unos tiempos tan difíciles. Sin duda, era María el motivo de su apesadumbrada tarde, de su ir y venir sin más guía que el dolor. Detuvo su caminar e intercambió con ella, una de esas miradas que no precisan romper el silencio con palabras, para expresar tanto sentimiento. Se sentó en el borde de la cama y la abrazó. Veinte años de ejercicio profesional y no pudo evitar que la emoción le venciera en ese momento.

 

- Perdóname María, que con el abrazo casi te arranco la vía. ¡Si me llega a ver Inés (su enfermera) me mata!– murmuró entre dientes Manuel, que así es como se llamaba el Dr. Izquierdo.

 

María apenas podía articular palabra pero consiguió esbozar una ligera sonrisa, en sus apagados labios. No era la primera vez que caminaba por la fina línea que separa la vida de la muerte, pero en esta ocasión ambos sabían que la batalla estaba perdida.

 

-Voy a avisar a tu marido, María. Le dejaré pasar a verte.—

 

Se aproximó al mostrador, pulsó el llamador y lanzó el aviso por megafonía dirigido a la sala de espera.

 

-Un familiar de María Serrano acuda a observación.—

 

El reclamo sonó algo distorsionado, últimamente se averiaba con frecuencia, por lo que nuevamente y con voz potente, se aproximó al micrófono y dijo:

 

-Un familiar de María Serrano acuda a observación.—

 

Allí se encontraba Julián con la emoción contenida de quién no presagia nada bueno, pero con la esperanza que te hace agarrar un hierro incandescente, por la experiencia de otros ingresos previos. Se levantó presuroso, tan presuroso como su avanzada artrosis le permitía, tomó su bastón y se encaminó a la sala. Al fondo del pasillo de urgencias ya asomaba Manuel que, sabedor de la dificultad al caminar de Julián, quiso salir a recibirlo. Su cara era capaz de expresar todo lo que Manuel no alcanzaba a decir con palabras.

 

-¿Se va a morir?– Preguntó Julián con la timidez de quien no quien no quiere escuchar la respuesta.

 

-¿Se va a morir?– Repitió.

 

-Sabes que la enfermedad de María en los últimos meses se ha agravado Julián, pero también sabes, como yo, que es fuerte como un roble y que más de una vez me he aventurado a adivinar un fatal desenlace que, gracias a Dios, nunca llegó. Hoy es diferente amigo mío. La analítica es prácticamente incompatible con la vida y no está respondiendo bien al tratamiento.– Respondió Manuel midiendo cada una de sus palabras para no hacer un daño innecesario.

 

Julián se abrazó al doctor, a su amigo, aparentando una falsa entereza que no era capaz de esconder sus lágrimas y exclamó:

 

-¡Qué orgulloso tiene que estar tu padre de ti Manolillo! ¡Qué orgulloso! Parece que fue ayer cuando tu padre doblaba turnos en el obrador, trabajando incluso los días festivos, intentado aumentar el sueldo para que su hijo pudiera estudiar medicina. Te recuerdo corriendo con las bandejas llenas de harina o aquellos domingos, en los que antes de ir a misa, nos echabas una mano para ganarte unas pesetillas. Te queremos como un hijo, como ese hijo que, el Dios al que ahora le suplico por la salud de María, no fue capaz de regalarnos como premio a nuestro amor.- Recordó Julián sumido ya en un incesante llanto.

 

-Vamos, pasemos a ver a María, pero te pongo una condición, sécate esas lágrimas y regálale la mejor de tus sonrisas.- Echó su brazo derecho alrededor del cuello de Julián y le encaminó al interior de la sala de observación, acompañando sus pasos justo hasta llegar a los pies de la cama.

 

Se acercó a María y tomó su fría y temblorosa mano, con la delicadeza de quien teme la fragilidad de un último aliento, con la dulzura que había entrelazado sus vidas, durante tantos años.

 

Acarició su rostro desfigurado, con el amor de los primeros besos y enjugó, en su pañuelo de seda, la lágrima que, presurosa, escapaba por su mejilla, queriendo empapar su alma.

 

Metió la mano en el bolsillo derecho de su pantalón, donde guardaba un viejo reloj de bolsillo, un Omega chapado en oro de 1912, que le había dejado su padre en herencia como regalo el día de su boda y que de tanto usar ni cadena tenía para asir a un botón. Lo abrió despacio, sin apenas fuerzas… En su interior una esfera con una hora detenida en el pasado y en el envés de la tapa, la primera foto que le hizo a su mujer, cuando eran novios.

 

Se giró hacia donde se encontraba el galeno, buscando cobijo en su mirada, le enseñó el retrato de la joven dama y con la voz entrecortada le susurró al oído…

 

-¿Ves que guapa es? Así la ven mis ojos siempre que la miro, así la pinto en la noche cada vez que la sueño. Así le reto a la muerte cada vez que intenta derrotarla.—

 

-¿Sabes Manuel?– continuó –A mis ochenta y cuatro años, poco más le pido a la vida… Acompaño el deterioro de mi esposa, ante el cruel avance de su enfermedad, sin más consuelo que su compañía, con la certeza de que cada vez que beso sus labios y acaricio su rostro, alivio su dolor como refresca el rocío la flor en la mañana.

 

Volvió a cerrar su reloj. Volvió a girar su cuerpo y casi sin avisar, recogió su garrota de madera, fiel cirineo de su torpe caminar y sigiloso emprendió la marcha alejándose de ella, mientras abandonaba la vieja sala de observación.

 

Por una rosa que cayó. Por un amor que marchitó, quedó su vida sin colores. Por ese llanto que ocultó, en negro luto, su dolor, y el renacer de sus temores. Bella anciana, tú que estás, postrada, ausente a los demás, siendo feliz en tus recuerdos. Toma mi mano al caminar, y este hombro para llorar, y disfrutar entre tus sueños.

 

Por un soñar que despertó. Por un cantar que enmudeció, entre su pena más amarga. Por encontrar lo que perdió, y por besar a quien besó, en busca de ella el se marchaba. Bella anciana que el amor, de tanto amar ya encerró, entre párpados tu mirada. Sonríe alegre al despertar, a uun paraíso celestial, que te fabricarán las hadas.

 

Allí quedó el Dr. Izquierdo con los ojos humedecidos, mientras el cansancio de la guardia empezaba a relucir. Absorto ante tan bella historia de amor y celoso de guardar su recuerdo en su pupila, como guardaba Julián la juventud de María, en aquel vetusto reloj de bolsillo.

 

 

 

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